En solo una década, la tecnología propició un cambio decisivo en la comunicación laboral: las conversaciones empezaron a escribirse. Con el correo electrónico algunos empleados reemplazaron los intercambios orales por los escritos, incluso con quienes estaban a pocos metros de distancia. Luego, cuando las teclas del ordenador llegaron al teléfono, el teléfono dejó de usarse como teléfono.

Hoy, con el teclado de bolsillo se propicia otro gran cambio: los trabajadores escriben como hablan. Algunas empresas creen que eso genera más rapidez y mayor productividad. Pero no siempre es así. Porque incluso un gran orador puede ser muy pobre como escritor.

 

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